Una historia de una lactancia sanadora, de esas que te devuelven la fe en ti misma.
Existen de esas personas con las que conectas desde un inicio y voy a permitirme escribirlo. A Ana, madre mexicana, la conocí en un círculo on line de «Sanando mi Cesárea», facilitado por mi querida Talina González, donde fui invitada como testigo de honor. Había algo en los ojos de Ana que llamó mi atención, algo muy profundo que estaba mostrándonos y llegaba hasta a mi a través de la pantalla. Conecté mucho con su sentir y con ella ese día.
Cuando hice la selección de las historias, no leí los nombres de las personas que me estaban enviando la solicitud, no quería que nada influya en mi decisión porque muchas mamás que he acompañado o amigas se inscribieron. Cuando leí su historia, me emocioné mucho y cuando me di cuenta que era de ella, aún más.

El nacimiento de mi hijo ocurrió de una forma que nunca imaginé: con una cesárea.
Mi cuerpo, que hasta entonces consideraba sabio, se me reveló incapaz de parir a mi hijo al mundo. Durante la operación, mi cuerpo temblaba de frío y de miedo.
¿Será que me estoy muriendo o así funcionan las cesáreas?. Por las dudas, avisé a los médicos que mi cuerpo estaba temblando de una manera que no podía controlar. Es normal, me dijeron. Mi playlist llamada “parto”, estaba sonando ahora en una sala de cesáreas.
La maternidad nos lleva por caminos inesperados, cambiando nuestros planes y sacándonos de lo certero. Nos atraviesa de par en par, cuerpo, alma, todo a flor de piel. Nos lleva por un laberinto emocional donde poco a poco nos vamos reconociendo.
Algunas horas después , en un estado que no había conocido antes, salí de la sala de recuperación para reunirme con mi hijo. Sentía mi cuerpo vulnerado, sedado, inmóvil e incapaz, y sólo atinaba a acercarme a mi bebé al pecho, como me indicaban que hiciera. Ahí comenzó mi historia de lactancia.

Y así van pasando los días y una va viajando en ese laberinto, intentando recoger lo que a una le pertenece para volverlo a juntar, acomodando como una pueda, sintiendo que nadie entiende, sintiendo culpa por no estar como esperan…
Las primeras semanas en casa fueron duras. Muy duras. Sentía que mi cicatriz me quemaba como un fuego encendido en mi vientre. Suplicaba que algo apagara ese ardor permanente. Así, completamente deshecha por dentro, me movía suave por la habitación y me colocaba en la mecedora donde alimentaba a mi bebé. “Río, hijo, discúlpame por estar tan rota. Desearía estar mejor para ti, mi pequeño. Río, me duele mucho la forma en que naciste”.
Todo esto pensaba, mientras lo alimentaba. Éste era el momento más íntimo que tenía en el día, y a solas con él, fluían como un torrente, mis emociones, pensamientos y la dolorosa memoria de mi cesárea. La leche mientras, seguía su flujo.
Pero así como el tiempo pasa y pareciera que no encontramos la salida, el laberinto también nos ofrece respuestas y pistas. Una luz en el camino.

Una noche, durante una toma, mi hijo juntó sus manitas al pecho con los ojitos cerrados, como si me agradeciera. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin parar, imitando la leche, que fluía sin detenerse, desde mi cuerpo hacia él, nutriéndolo.
Y esa luz la encienden nuestros bebés, que con su paciencia y amor, nos enseñan que no estamos solas, que ellos nos guían, que nos aman tal cual somos, que lo único que quieren es tenernos cerca, a esa madre que los trajo al mundo, a esa madre que es vida en todo el sentido de la palabra y que todos los días se permite a si misma florecer desde su propia oscuridad.

Recuerdo una de las primeras impresiones que tuve de Río: la maravilla de mirarlo alimentarse sin que nadie le hubiese enseñado. Lo miraba mamar con naturalidad, como si siempre lo hubiese hecho. Como si en otras vidas lo hubiese hecho. Como si la vida le heredase ese saber. El ímpetu de vida que encarnaba, a los pocos días de nacido, me hablaba de una sabiduría mayor que había encontrado en mi hijo un canal de expresión: La sabiduría de la vida. Río contenía, en tan sólo 50cm, un profundo impulso vital que no se detenía a hacerse preguntas ni dudaba de si mismo. Un impulso que fluía como el agua y se manifestaba transparente mientras mi hijo, sin pausa y sin prisa, se nutría a sí mismo tomando leche de mi pecho.
La lactancia comenzaba a insinuarme la existencia de una grandiosa fuerza de vida de la que éramos parte.
La vida abriéndose paso, la vida mostrando que sabe sostenerse, la vida que fluye de nosotras, como un río, el río de Río. Y no se pregunta cómo ni cuándo porque ya ES en su máxima sabiduría y se manifiesta ante nosotras en lo cotidiano y en lo simple. Al respirar, al sentir, al fluir, al vivir. Al contemplar.

Río nació tres días antes de que en México se detectara el primer caso confirmado de coronavirus. El país, como el mundo, entró en una pausa sin precedentes. El ritmo de la ciudad se paró y todo se sumergió en una indefinida espera. Para mi, en principio, nada cambió. Yo llevaba días recluída en casa cuidando a mi hijo recién nacido, cuando el resto del mundo, paulatinamente, se recluyó también. Una querida maestra me dijo: hemos entrado en cuarentena para solidarizarnos contigo. Y realmente, con el paso del tiempo, así lo sentí. Parecía que el mundo entraba en un ritmo que comenzaba a abrazarme. Un ritmo amigable que podía seguir mientras cuidaba a mi bebé, sanaba mi cesárea y chorreaba de leche.
Pareciera que la humanidad entera entró en puerperio, en ese laberinto emocional donde nos reencontramos con nuestras sombras, porque tal vez ya no hay a dónde más ir. Una cuarentena colectiva tan simbólica como real. Y es ahí donde una se sostiene, cuando todo pareciera ponerse a prueba, cuando nuestras relaciones se hacen presente, sosteniéndonos, cuidándonos y dejándonos cuidar. Reconociendo nuestra nueva piel, nuestro nuevo cuerpo, que nos habla y nos pide movimiento, para seguir fluyendo como ese río de emociones que brota de una misma.

Pronto los encuentros comenzaron a ser virtuales, desde nuestras habitaciones. Me reconecté con mi amado grupo de Danza Terapia por Zoom y pude volver a habitar mi cuerpo , estuve presente en un círculo de mujeres de varias partes del mundo para florecer la cicatriz de la cesárea, me uní a un grupo matutino de respiración que me ayudó contactar con mis memorias, asistí a reuniones e impartí algunas clases al ritmo que mi nuevo estado de mamá y el progreso de mi cicatriz me lo permitían. La cuarentena hizo que las exigencias del mundo exterior se detuvieran dándome el tiempo y el espacio para atravesar mi duelo y navegar sin prisa el tránsito hacia mi nueva vida.
Como artesanas, vamos reconstruyéndonos, una de la mano de la otra, en silencio, al ritmo de cada una, no hay prisas. Todo a su tiempo.
Mientras todo esto ocurría, durante estas muchas semanas en que habité la duda, el dolor y el desconcierto, la bendita leche de mi cuerpo fluía sin esfuerzos, como un río de vida. La naturaleza se manifestaba en mi de forma dulce y líquida como gotas, chisguetes y humedad constante en mi pecho. La leche perfecta que producía mi cuerpo, brotaba de mi, sin que yo tuviera intervención alguna, sosteniendo la vida de mi hijo en el momento en que yo no tenía la fuerza suficiente para hacerlo.

Hace más de 100 días que nació Río, he amamantado unas 1000 veces, y hoy, agradezco mi historia de lactancia, que ha sido un canal de dulce reconciliación con mi cuerpo. Después de la dolorosa cesárea que atravesé, la lactancia vino a reconfortarme el alma y a restaurarme la confianza y el amor por mi cuerpo como dador de vida.
Lactancia sanadora, le llaman. Lactancia que devuelve la fe y que fluye perfecta como bálsamo de amor.
Gracias, Ana, por abrir tu corazón y mostrarnos que recorrer el laberinto puede ser duro, pero que si nos entregamos, siempre habrá un sostén porque solas no estamos, siempre habrá una luz y siempre hay una forma de ir sanando, de ir fluyendo, de ir aceptando y de seguir amando. De seguir floreciendo. Porque si miramos con amor, como tus ojos miran, sabremos ver las luces del camino de vuelta a nosotras mismas.
Ciudad de México, agosto 2020
*Fotografías tomadas por videollamada vía FaceTime.
