Anaía y Lua

Una historia de lactancia, de esas que fluyen como el río y como el viento.

Maternar, gestar, parir, lactar, abrazar, nutrir, sostener, transformar.

La historia de Anaía es de esas que te hacen sentir la conexión y la magia de la maternidad, de esas que están conectadas con la naturaleza salvaje que todas tenemos dentro y que honra el proceso de la mano de la tierra. Anaía y su familia viven en Oxapampa, en un paraíso en el centro de Perú.

Mi ser madre nació al gestar, cruzó el umbral al parir y se enraizó al dar de lactar. Dar teta es para mí la continuación del cordón umbilical, cordón visible del vínculo inseparable que luego se sostiene a través de la teta, alimento, calor y cuerpo -continuación del mío.
Lua Amanda nació una noche calurosa de marzo en el agua, a oscuras, cantando y gritando, después de un día intenso de trabajo de parto, de apertura a la vida de maneras inimaginables, dolorosas, fogosas, profundamente misteriosas. Mágica y poderosa fuerza trascendente y sabiduría del cuerpo.

Con Anaía teníamos muchos puntos en común. El día que nos reunimos, conversamos de nuestros respectivos caminos de vida y como la maternidad nos ha resultado una hermosa oportunidad de crecimiento personal, espiritual y en todo aspecto. De cómo nuestras hijas son nuestras pequeñas maestras de vida, que nos muestran cual espejo amoroso lo que necesitamos mirar en nosotras. De cómo la maternidad hace salir ese lado salvaje e instintivo que llevamos dentro.


Darle teta desde la primera vez fue la continuación natural y perfecta de parirla. Darle teta cada vez que lo necesitaba, fue esa continuación del parto a la tierra, parto a la vida, hasta el día de hoy. Quizás la mejor imagen que represente para mi la metamorfosis y transformación perfecta ha sido el vivir en cuerpo y alma la experiencia de concebir, gestar, parir, dar teta y criar. Ser ese cuerpo portal a la vida, al amor, al alimento de vida, de calor, de aterrizaje, de seguridad y referencia.


Me expandí de maneras bellas y salvajes con Lua dentro mío, me transformé en su cueva al parirla y al darle teta somos encuentro de mar y río, encuentro de aguas que activa una a la otra para crecer y nutrirse.
¿Cómo no creer en la magia si tan sólo con el olor el cuerpo empieza a hacer la alquimia perfecta para producir alimento creado a su necesidad?.
Lua agarró con firmeza y placer la teta desde el primer día, reaccionando con todo su pequeño cuerpecito vibrante ante tal cantidad de estimulo nutricio al succionar.


Desde ese momento he ido creciendo con ella…en el mayor sentido de la palabra. Durante los primeros meses ser la fuente total de alimento para ella fue instintivo y salvajemente natural, luego llegamos a los 6 meses donde podía ver un poco más allá de nuestros cuerpos y mi conciencia cuando empezó a explorar otros alimentos. El ir y venir de la teta, de ella hacia mi cada día, ha sido el puente desde donde puedo verla crecer, con cada cambio, cada despertar, cada nuevo asombro y anhelo por la aventura y el desafío. Individualizándose a su ritmo, al ritmo de la vida, de su naturaleza.


Primera sonrisa, teta, primer giro, teta, primera gateada, teta, primera parada, teta y más sonrisas. La teta para mi es ese punto de encuentro de donde salimos y a donde llegamos… la teta siempre será el recuerdo más placentero, pleno y seguro de calor y primer amor para ella por el resto de su vida y para mí por el resto de la mía, en maneras distintas e igual de transformadoras.


El día de hoy a sus 16 meses, empezamos el primer viaje de desapego bajando la intensidad de lactancia, pero con la certera confianza que todo fue simplemente natural, es natural y lo seguirá siendo así mientras escuche mi cuerpo, el suyo y el “nuestro”.

Gracias, Anaía, por recordarnos la naturaleza salvaje que habita en cada mujer, la que nos hace conectar con lo mas profundo de nuestra maternidad y de la vida.

Oxapampa, agosto 2020.

Fotografías cedidas por Anaía Caceres.