Ericka y Gabriel

Una historia de empoderamiento femenino y confianza en tiempos de COVID-19.

Luego de conocer la historia de Ericka, lo primero que vino a mi cabeza fue: Qué coraje tiene esta mujer!. No solo por ser mamá y amamantar a su segundo hijo pasado el año (como leerán en este relato), sino también por alzar la voz frente a los atropellos que vivió y porque a través de su propia experiencia, puede guiar a sus pacientes para tener una lactancia exitosa. Ericka es pediatra y madre y espero que por su consulta pasen muchísimas madres para que reciban la atención que merecen. Necesitamos más médicos como ella.

Soy Pediatra y mamá de dos, una niña de cinco años y un bebé de un año y ocho meses y siento que uno de los mayores logros de mi vida ha sido dar lactancia materna exclusiva. Con mi primera hija, Helena, me encontraba a mitad del segundo año de la especialidad de pediatría, y cómo habíamos planificado mi embarazo, junté mis dos meses de vacaciones y elegí las rotaciones más tranquilas durante los cuatro meses siguientes para garantizar mi lactancia materna. Estaba completamente segura que tendría una lactancia materna exitosa, porque desde las 34 semanas se me caían las gotas de calostro. Cuando por fin estuvimos juntas fue lo más maravilloso y estresante a la vez, la tuve en mis brazos toda la noche, la despertaba y cambiaba de pecho para que lacte. Recuerdo sentir mucho dolor por la operación, pero era mayor mi temor a que mi hija se le baje el azúcar, se deshidrate y todas las posibles complicaciones que yo bien conocía.

Somos madres, compartimos los mismos miedos, sobre todo si tenemos el conocimiento de lo que pueda pasar. Qué difícil y qué retador, aplicar lo que una sabe para si misma.

Helena nunca fue una bebé “mamona”, lactaba lo justo y necesario y sola soltaba la teta. A los dos meses cuando regresé a trabajar, seguí extrayéndome la leche cada tres horas, día y noche. Era complicado y agotador  lidiar con eso y con mis guardias hospitalarias y turnos a veces de más de veinte horas continuas, pero valía la pena todo el sacrificio por darle lo mejor a mi bebé. Además, con ella nació también una sensación indescriptible, me sentía una súper mujer, capaz de dar vida, de mantenerla, porque mi hija no necesitaba nada más que a mí, mi cuerpo producía todo lo que ella necesitaba para vivir, alimento, calor, amor. Realmente me sentí empoderada. Finalmente dejó de lactar de mi pecho a los ocho meses, porque ella así lo decidió, y aunque me dio mucha pena que ya no quisiera lactar de mi pecho, creo que era lo mejor para mí, porque también necesitaba descansar.

Nuestra rutina de mamá se va acomodando, nuestra vida se va acomodando. Ericka y Helena vivieron ocho meses de perfecta lactancia, superando las guardias tan largas, las extracciones continuas y el cansancio. A veces llegan situaciones inesperadas que nos entristecen, pero que en perspectiva nos devuelven algo. El vínculo existe para siempre y eso es más fuerte.

Así también la vida nos va poniendo en diferentes situaciones que nos desconciertan a veces y nos hacen ver que cada hijo es único y especial.

Con mi último hijo, Gabriel, lo planifiqué absolutamente todo. Mi parto sería por cesárea y haría contacto precoz en sala de operaciones. Llevé a la clínica a colegas y amigos en los que confiaba plenamente. Todo salió de acuerdo a lo planeado y desde que lo cargué, se prendió de mi pecho y con él, el desafío fue hacer que deje de lactar, todo lo contrario a su hermanita. 

Al tercer día de vida, mi hijo empezó a vomitar cada vez que lactaba, hacía deposiciones líquidas, con moco, más de diez veces al día, le salían ronchas en el cuerpo y empezó a perder peso. Desde el primer momento supe que era alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV**), pero no podía creer que a pesar de haber sido tan rigurosa con la lactancia materna, fuera de los casos raros que se presentan por los lácteos ingeridos en la dieta materna. Consulté a dos gastroenterologos pediatras y un alergólogo, quiénes confirmaron el diagnóstico, y a pesar de que en algún momento, un gastropediatra me sugirió darle una fórmula maternizada especial (en base a aminoácidos), yo me negué a hacerlo, sabía que una vez más, yo podría hacer lo mejor para mi hijo, y así fue. Hice una dieta muy restringida y seguí con mi lactancia materna. Lo pesaba hasta dos veces al día para monitorizar su ganancia de peso, hasta que  partir de la tercera semana empezó a mejorar. En adelante, ganó más de un kilo al mes, aunque siguió vomitando hasta los seis meses.

La maternidad nos desafía siempre, una y otra vez, nos cuestiona y nos saca de nuestro lugar seguro y a veces toca sacar fortaleza de donde ni sabíamos que la teníamos. Es ahí donde sale la mamá leona que lucha por lo que quiere. Sin embargo, en nuestro puerperio, necesitamos ser cuidadas y protegidas, sobre todo por quienes brindan los servicios de salud y a veces son precisamente ellos quienes nos vulneran y restringen, pasando por alto nuestros derechos y olvidando el juramento que una vez hicieron.

Alzar la voz ante la injusticia no es fácil. Las mujeres enfrentamos todos los días el machismo normalizado y la misoginia y hemos convivido con eso y dudamos muchas veces de denunciar o no. Porque no nos creen o nos tildan de exageradas, o de locas. No tenemos la culpa por no hacerlo. Necesitamos tiempo para procesar y hablar. Nunca es tarde.

A los tres meses ingresé a trabajar a un hospital en la ciudad en la que vivo, con un contrato estable y a pesar de tener derecho a mi permiso de hora de lactancia y al uso del lactario, mi jefe y las autoridades del hospital prácticamente me negaron ese derecho «irrenunciable», y yo, por evitar tener problemas en mi nuevo trabajo, no sólo NO denuncié el atropello en contra de mis derechos, sino que además, terminé exponiendo a mi hijo, ya que tenían que llevarlo al hospital cada 2 a tres horas para que mame. Porque a pesar de que hice un banco de leche materna, mi hijo nunca aceptó tomar del biberón, vaso, cuchara o jeringa. Lloraba tanto que tenían llevarlo al hospital. Mis guardias eran también las de mi esposo, mi mamá o mis suegros. No tenía tiempo de ir al lactario, ni tampoco había uno totalmente implementado. Le tenia que dar de mamar en un cuartito al costado del tópico de emergencia o incluso en el ambiente de observación de pediatría. Rogando que no llegue ninguna emergencia y siendo cubierta por las enfermeras para que los papás de los pacientes no me reclamen.

Parte de la labor de «Historias de Lactancia», es generar consciencia para «normalizar lo normal». ¿Qué nos espera a las madres si tenemos que vivir nuestras maternidades ocultas como si hiciéramos algo malo?. ¿No sería acaso mejor reconocer el valor de la lactancia materna en la crianza de un ser humano para que toda la sociedad entienda que debemos proteger a las madres lactantes?, ¿Por qué necesitamos seguir alzando la voz?. Es una paradoja que no logro entender.

Al inicio sentí mucha rabia e impotencia por lo que me hacían, y a pesar de que todo el tiempo les aconsejaba a mis amistades y a las mamás de mis pacientes que reclamen sus derechos de lactancia, en ese momento yo no lo hice, no tuve el valor. Pensé que lo mejor era evitar más conflictos con el que en ese momento era mi jefe, lo cual, no sirvió de nada porque al final fui víctima de un hostigamiento laboral del cual muchos colegas fueron testigos, pero nadie nunca dijo nada. Así comprendí por qué durante varios años no ingresaban a trabajar médicos jóvenes, y los que lo hacían renunciaban al poco tiempo. Y decidí que eso no iba a afectarme más. Al fin y al cabo, tenía dos hijos sanos, un esposo maravilloso y familia que siempre estaban dispuestos a apoyarnos.

Me identifico totalmente con Ericka porque yo también viví hostigamiento laboral durante mi segundo puerperio y no me fue fácil ni admitirlo, ni denunciarlo. Demoré bastante tiempo en hablarlo y hacer un cierre de todo lo que me ocurrió. Comprendí que no fue mi culpa y que en todo caso, vivimos en un sistema donde todo se valora según tu productividad y que si no rindes o encajas, no sirves. Pero eso no es así. Las madres hacemos el trabajo más importante de la humanidad: Criamos los humanos del presente y del futuro. Cuando eso se entienda, podremos vivir en una sociedad más justa. Y a mi, desde Lacta Libre y las Historias, me alegra poder dar voz a quien quiera sentirse escuchada y tenga algo que decir. Es necesario que las mujeres recuperemos nuestra voz y la fe en nosotras mismas. Bastante tiempo nos callaron.


Me animé a contar mi historia porque recientemente recibí mis resultados positivos para Covid-19. Mi hijo también salió positivo y aunque al inicio tuve temor de pensar que mi hijo podría complicarse, sabía por mis conocimientos que era poco probable y sobretodo, estaba convencida  de que la lactancia materna no sólo le había brindado la mejor nutrición a mi hijo, sino que también lo protegería de ésta y otras enfermedades severas. Fue así que ambos somos de los afortunados que hicimos una enfermedad muy leve. Además, su hermana y él se han enfermado muy poco. Un resfriado al año como mucho y ahora el Covid-19 y de ambas se recuperó con leche y amor de mamá. Es por eso que seguiremos con lactancia materna hasta cuando ambos queramos, no sólo por nutrición, ahora es más por protección, por complicidad, por amor.


Como pediatra mujer y mamá es muy lamentable sentir la discriminación en el ámbito laboral, no sólo de los hombres, algo a lo que nos acostumbramos desde muy jóvenes, es más duro sentirlo de las propias mujeres, porque son las mamás las que me dicen “señorita”, mientras que cuando se refieren a mis colegas les dicen “doctor”. Y por más que me esfuerzo en explicarles sobre los beneficios innumerables de la lactancia materna, sobre las técnicas adecuadas, muchas veces prefieren soslayar mis recomendaciones, sólo porque soy mujer y joven, prefiriendo las recetas de fórmulas maternizadas de mis colegas, quiénes ni siquiera se toman la molestia de explicarles. 

A pesar de todo, no me canso ni me cansaré de recomendarles lactancia materna, aunque piensen que pierdo mi tiempo porque ya llevan meses con fórmula, de todas maneras les explicaré sobre re-lactación y tetanalgesia. Y las trataré de convencer de ejercer su derecho a la lactancia, porque aunque al comienzo pueda ser complicado para algunas, no deben rendirse, no sólo por sus bebés, sino sobre todo por ustedes. Es por eso que mi conclusión es que la principal razón del éxito de mi lactancia con mis dos hijos no ha sido mis conocimientos en pediatría, han sido mi convicción de querer hacerlo y la certeza en que iba a lograrlo.

Gracias, Ericka. Necesitamos más pediatras como tú, que se tomen el tiempo de explicar a las madres los beneficios de la lactancia, porque sabes perfectamente cuáles son los beneficios y porque lo vives en tu propia maternidad. Que tu experiencia sirva para que puedas inspirar otras mujeres a alzar sus voces y exigir lo que les corresponde. Que muchas madres lleguen a tu consulta y que sigas siendo ese agente de cambio que tanto necesitamos en la sociedad. No te canses.

Huacho, Agosto 2020

*Fotografías tomadas por videollamada


**La alergia a proteínas de leche de vaca es la alergia alimentaria más frecuente en los lactantes y afecta a un 1% de la población. La APLV es una reacción de hipersensibilidad a la proteína de la leche de vaca y algunos otros alimentos como el huevo. La APLV aparece, sobre todo, en las edades tempranas de la vida, por ser la primera proteína extraña que se introduce en la dieta del lactante y es más frecuente en los países desarrollados. El cuadro clínico más frecuente son las reacciones cutáneas instantáneas y el más grave es la anafilaxia; el más frecuente en las reacciones tardías es la presentación clínica digestiva (diarreas y vómitos). La APLV suele ser la primera alergia que se diagnostica en el lactante, al coincidir con la introducción de fórmula adaptada en su alimentación, tras un periodo de lactancia materna. En otras ocasiones, los síntomas aparecen tras contacto con alguien que ha manipulado leche de vaca: contacto con la piel, caricias e incluso besos de alguien que haya estado en contacto con leche. También hay casos descritos de inicio de síntomas durante la lactancia materna exclusiva, en caso de ingesta elevada de leche de vaca en la dieta de la madre, debido a la presencia de proteínas de leche de vaca en la leche materna. El tratamiento sigue siendo la supresión de leche y derivados de la alimentación, con supresión de leche de otros mamíferos. La alimentación es con lactancia materna o con fórmula láctea extensamente hidrolizada y, en mayores de 6 meses, con fórmula de soya. La evolución suele ser favorable, con remisión hasta en el 80% de los casos a los 5 años. (Fuente: S. Lapeña López de Armentia, E. Hierro Delgado. Alergia al a proteína de la leche de vaca. Pediatr Integral 2018; XXII (2): 76 – 86)