Mae y Julián

Mae es una de las mamás más jóvenes que me tocó fotografiar. Sin embargo, es una de las mamás más fuertes y valientes que conozco. No le tocó pasar por un inicio de maternidad común, pero eso no la amilanó, al contrario, la llenó de valor. Valor que una mujer conoce solo cuando es madre.

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Quedé embarazada muy joven. Yo lo sabía. Sentí miedo, claro… Recuerdo que vi las dos rayitas rojas en mi test e inmediatamente me vi al espejo. Recé, lloré unos 30 segundos y al instante ya quería gritarlo. Era inesperado pero estaba feliz. Mi examen de sangre arrojó seis semanas. Tuve dos amenazas de aborto fuertes. Fríamente me dijeron que había un 50% de probabilidades de perderlo, pero eso (gracias a Dios) no sucedió.

Demoré un poco en poder concretar la cita con ella hasta que finalmente pudimos conocernos. Mae es venezolana y vive en Perú desde hace más de ocho años. Juli es ahora el centro de su vida.

Ni bien llego, me cuenta cómo fue su parto y lo ansiosa que estaba. Julian nació de 38 semanas. Todo iba marchando bien en el parto. tal cual lo imaginado. Estaba junto al padre de Juli y a su madre, pero lo que nunca imaginó fueron las contracciones hasta que llegó a 10 cm de dilatación y lo que vendría después.

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Estaba emocionada. Escuché decir al doctor «algo de líquido verde» pero la verdad es que no había entendido en ese momento lo que eso significaba… Entré a sala de parto a las 8:00pm, Julián nació justo en el momento en el que mi doctor me dijo: «Si quieres a este bebé vivo tienes que sacarlo ahorita».   Eran las 8:05pm. No hubo llanto. Seguía sin haber llanto. Al fin, un grito, desgarrador, lleno de oxígeno, pulmones limpios inhalando y exhalando, más llanto.

Julián había tragado un poco de líquido meconial y a causa de ello tuvo una infección, tratamiento antibiótico, varias punciones en la médula y riesgo de meningitis.

Mae me cuenta todo esto con lujo de detalles. Recuerda cada acción y cada movimiento. Son cosas que una madre nunca olvida. Entre la confusión y la alegría de su nacimiento, también estaba la incertidumbre por saber qué estaba ocurriendo con su bebé. Mae no entendía nada.

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Julián estuvo 16 días internado en cuidados intensivos. No pude cambiarle el primer pañal, no pude darle su primer baño, no pude atenderle su primer llanto de madrugada, no pude muchas cosas, pero había una que sí podía: La lactancia.

Felizmente, Mae tuvo a su lado a una linda red de apoyo que la ayudó a pasar sus días en la clínica. Al día siguiente de parir, una buena amiga le facilitó un extractor eléctrico y su labor empezó. Pasó los primeros 16 días de su maternidad extrayéndose leche cada tres horas. Pasaba el día en la clínica, muchas veces sola, sin alimentarse adecuadamente y sin mucho ánimo. Era una «mamá delivery» como ella se hace llamar. Hubo mucho miedo en el transcurso,  a no «tener leche», a no poder. Atravesó una terrible mastitis debido a tanta estimulación, pero eso no la detuvo.

Mientras me contaba todo esto, no podía dejar de pensar en lo duro que debe haber sido, ver a tu bebé y no poder hacer lo más básico y primal que le nace a una madre, que es acunarlo, besarlo y olerlo. Cuánto valor se necesita, cuánta paciencia, cuánto apoyo y sobre todo cuánta fe.

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La lactancia para mí es el regalo más divino, no hay más calma que el calmarlo a él. Me faltan palabras para expresar lo que viene siendo está experiencia. Durante el embarazo fue mi mayor miedo, en el puerperio mi mayor desafío, hoy es mi lucha más ardua y sé que mañana será mi más grande nostalgia. Extrañaré esas manitas paseando por mi rostro, buscando mi otro seno y sus ojitos de canicas que parecen agradecerme ese momento. Por eso, quiero decirles: ¡APROVECHEN CADA VEZ QUE PIDEN LA TETA!

Juli lleva a la fecha seis meses de lactancia materna y ya está comiendo sólidos. Durante este tiempo, Mae también es «mamá de leche» de dos mellizos guerreros con una historia clínica muy parecida a la de Julián.

Es verdad que nada detuvo a Mae. Se dice que nadie debe separar a la madre del bebé luego del nacimiento para que exista una lactancia exitosa. Esto, claro, es lo que se recomienda. Sin embargo, historias como ésta, demuestran que con la asesoría adecuada, el acompañamiento indicado y las ganas de la madre, muchas veces se pueden superar los obstáculos y llegar a tener una lactancia hermosa, que también puede ser sanadora.

Gracias, Mae

Mi hija Rafaella me hizo despertar y mi hija Vera me hizo recordar el motivo por el cual había despertado.-8