Sarita y Maemi

Sarita fue al primer círculo de mujeres puérperas que organicé y ahí la conocí. Sarita es odontóloga y tiene un blog llamado Mamá Afrofeminista, donde cuenta su día a día en la crianza de Maemi, una bebé consciente y parte de su activismo y camino de deconstrucción.

Sarita tiene las ideas claras y sabe que el camino no ha sido fácil. Deconstruirse en un país racista, clasista y homofóbico es todo un reto. Criar a una bebé en medio de esta sociedad, también. Pero se necesitan quienes den el primer paso y Sarita así lo ha hecho.

Pude escuchar parte de sus historia el día que la conocí y pude ver también su fuerza y valentía. Pensé en ella para este proyecto y gustosa aceptó.

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Después del episodio doloroso (y cuando digo doloroso hago en énfasis en lo emocional) de mi parto. Les cuento un poco:  

Yo realicé todo mi embarazo con una doula. Me sentía la mujer más preparada del mundo (jejeje, sí).

Tenía un embarazo deseado, tenía una pareja que estaba apoyándome y un seguro que cubriría mi parto. De por si, estaba tranquila y sabía que todo saldría bien. Al iniciar mi labor de parto, a pesar del dolor, me sentía plena porque al fin conocería a mi bebé.

Intente hacer toda mi labor en menos de 24 horas. Sólo faltaba una dilatación, cuando me rendí. Estaba cansada y quería que mi bebe naciera ya, así que accedí a que me apliquen la medicación para ayudar al trabajo de parto. Todo esos medicamentos me hicieron colapsar. Me mareaba, veía las imágenes movidas, y estaba con oxígeno. Ya nada estaba funcionando bien y yo sólo pensaba en el control.

Yo sólo quería conocer a mi bebé y por más que pujé y pujé, no salía. 

Entonces, la doctora me advirtió: «Te queda media hora, sino ingresas a sala para una cesárea».

¿Cesárea?, ¡Pero si yo me había preparado!.

Cuando oí que mi bebé estaba con taquicardia, detuve todo e ingresamos a la sala para la cesárea. Tenía contracciones y estaba aislada en una sala mientras todos los doctores gritaban y se apuraban. Mi bebé se estaba asfixiando y había sido por mi culpa. Me sentía morir, me culpaba. 

¿Debí pujar más? 

¿Debí acceder a la cesárea desde el comienzo? 

¿Debí relajarme?

¿Porqué acepté tanta medicación? 

¿Acaso mi fortaleza se había desmoronado?

Ya estaba en la sala de cesárea y solo podía repetir: ¡Salven a mi bebita!, ¡Salven a mi bebita!. 

En esos instantes, mi vida no me importaba sólo quería que ella estuviera bien.

Como me colocaron anestesia general, no vi a  mi bebé nacer, no la conocía y nadie me daba razón cuando me levantaba. Sólo me decían: «Señora no puede hablar».

Cuando yo quería gritar no podía, porque la medicación me hacía dormir. 

Estuve sin el contacto de mi bebé durante horas. Mi bebé ingreso a UCI tras ser reanimada y estuvo con respirador. Ella no me conoció cuando salió del útero. 

Tuvimos el primer contacto y no pude estar sola. Siempre había  dos enfermeras que me repetían: «Fórmese el pezón, señora. Acérquela así. Eso no debe hacer», etc.  Indicaciones sin consideran mi estado emocional. Había estado apunto de perder a mi bebé y solo deseaba llorar.

Tras las visitas y los continuos comentarios de familiares  empecé a deprimirme.

Cuán importante es saber, como personal de salud o que tiene contacto con madres, tener las palabras adecuadas y el tino necesario para no herir a una madre. Durante el embarazo y el post parto inmediato, las mujeres somos como cristales, y requerimos ser tratadas con empatía, cuidado, cariño, delicadeza y amor. De lo contrario, cualquier comentario nos quiebra.

Bastante culpables son sentimos, si hemos atravesado un parto desafiante, y lo único que queremos es tal vez que nos pregunten cómo nos sentimos o que nos dejen llorar.

La culpa muchas veces nos enceguece, pero si sabemos escucharnos, el camino se mostrará ante nosotras.

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Así no saldrá la leche, me repetía, sólo debo relajarme. Pensaba que si no succiona no va alimentarse y se me va ir la leche, no va tener su calostro. Llegaba a mi cuarto, a veces sola, a veces con mi pareja y me sentía tan triste.Mi bebé se perdiría el calostro por mi culpa. Mi pareja sólo atinaba a abrazarme y decirme que me tranquilice. 

Después de ese día, mi senos empezaron a llenarse de leche que hasta me dolía de lo hinchado. Aún la bebe no succionaba del pecho. Cada vez que lo intentaba lloraba, se estresaba y sentía un hueco en mi corazón.

Estaba perdiendo a mi bebé. Mientras menos agarrara el seno más tiempo pasaría en UCI. Verla conectada a cables mientras cada máquina sonaba, me hacía sentir que estaba perdiendo a mi bebé y no sabía qué hacer.

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Ese mismo día, el pediatra me solicitó traer mi extractor y empezar a succionar la leche. Utilicé mi extractor de leche hasta que dejó de funcionar. Luego pasé al manual. Para ser mi segundo día, salía más leche de lo que esperaba.

Pasaba mis noches en el hospital pensando como estará mi bebé, que no puede dormir conmigo, en porqué no puedo darle su leche.

¿Acaso tenía la culpa de todo?, ¿Debí  formarme el pezón?, ¿Por qué no lo hice?. Estaba tan triste que llegué a pensar que tenía depresión postparto. 

Recuerdo estos momentos mientras mis lágrimas recorren mi rostro.

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Empecé a cuestionarme si había sido lo correcto tener una bebé sin estar preparada. La deseaba, sí, pero emocionalmente me sentía mal.

¿Acaso estaba muy joven?.

Pronto llegaron las visitas: mamá, mi suegra, tías, hermana. Mujeres que ya habían vivido esto pero a pesar de ello sólo querían decirme qué hacer o qué no hacer cuando en ese instante sólo necesitaba que me escucharan y abrazaran. 

Si de por sí con mi parto me sentía culpable del estado de mi bebé ahora tenía que afrontar que no saldría de UCI si no tomaba su leche. Estaba cansada los 5 días en la Clínica, se estaban volviendo interminables. Sólo quería irme con mi bebé a casa, mi lugar seguro.

Al llegar a casa tomamos una rutina. Apuntábamos a qué hora se levantaba y cuánto tomaba. Intentaba organizarme para controlar la situación más nada fue lo que parecía. Cuando la bebé dormía, yo me extraía leche. Se levantaba, le daba lo extraído y volvía a extraerme. 

¿Cuándo descansaba?. Pues no lo hacía. Estaba con sueño, me dolía la espalda y por más que mi pareja fuera fisioterapeuta no tenía tiempo para un masaje. Sólo pensaba: mi bebe tiene hambre tengo que darle su tetita sino me la ingresarán a UCI.

Estaba estresada, deprimida y triste… Mientras me extraía, lloraba. Sentía tanto dolor físico como emocional. Sólo pensar que la vida de mi bebé dependía de mi.

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Una noche durmiendo sentí una manito estaba medio dormida y no reconocí a mi bebé. Me asusté y lloré porque pensé en qué tipo de madre era si no podía darle de lactar y ahora ni la reconocía. 

Días después de llegar a casa oía repetidamente: pon en tu pecho a la bebé. Y lo hacía. La presionaba para que tomara su teta. Ella lloraba, renegaba y aunque me partía el corazón la presión de las personas a mi alrededor y mi miedo a perderla me hacían ceder.

Hasta que llegó la noche de la segunda semana en casa. Decidí acostarme con ella. Quería que ella sintiera mi calor que supiera que mamá estaba ahí. Esa noche me senti tan conectada con ella. En las siguientes noches repetimos echarnos juntas y como si sola me sintiera empezó a buscar mi pecho. Estaba ahí tomando de mi pecho verla así me lleno de alegría había logrado alimentar a mi bebé.

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Después de esa noche, entendí que no debía presionar a mi bebé que sólo debía relajarme y disfrutar mi momento con ella pecho a pecho. Después de esa vez en cada baño aprovechaba en abrazarla y cargarla en mi pecho sin presionarla.

Ella había entendido que yo estaba ahí para amarla y no permitiría que nadie volviera a coaccionarnos. Que mamá sería una leona si de defender a mi bebé se trataba.

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Cuando Sarita me contó esto, pensé en que ella sola encontró su respuesta. Por alguna razón, que seguro ella sabe en el fondo de su corazón, tuvo que atravesar esas dos semanas de aprendizaje, en las que se demostró a si misma que sí se podía si es que ella se lo permitía y creía.

Muchas veces la recomendación del «piel con piel» es la primera que se hace cuando se quiere relactar. Sin embargo, a veces en la práctica, esto origina mucha frustración porque se espera que sea inmediato ni bien nos ponemos al bebé al pecho. Hablamos también de la paciencia, de que esto es un proceso, pero pasan los días y nada. ¿Cuál es el secreto?: El disfrute. Es necesario saber que cada caso es único y distinto y muchas variables entran en juego y que también existen bebés que luego de hacer todo esto de la manera más consciente y amorosa, simplemente deciden no agarrar la teta. En ese caso, la madre necesita un acompañamiento adecuado para manejar las emociones que puedan surgir al respecto.

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Después de esos primero días de lactancia ella me sonreía más. A diferencia de cuando llegó a casa que incluso dormía sola en su cuna mientras yo me extraía la leche. Llegué a creer que no necesitaba, ni me quería.

Yo creo que la lactancia es un proceso que mientras menos presionas más satisfactorio es. 

Le diría a otra madre primeriza como yo: Sólo déjate fluir, tu cuerpo es sabio y los bebés nacen sabiendo succionar sólo necesitan de tu calor para empezar a fluir contigo.

Gracias, Sarita, por tu valentía, por abrir tu corazón, por mostrarnos tu lado más vulnerable porque es justo desde ahí donde obtuviste tu mayor fortaleza.

Mi hija Rafaella me hizo despertar y mi hija Vera me hizo recordar el motivo por el cual había despertado.-8

Lima, agosto de 2019